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9 febrero 2015 1 09 /02 /febrero /2015 19:11

 

Aunque el fin del Trienio liberal (1820-1823) supuso la vuelta del absolutismo en España y la represión contra los liberales, también supuso la entrada de cierta modernización administrativa que despertó el rechazo de los sectores más reaccionarios, sucediendo lo que podríamos llamar antecedentes del carlismo, como la rebelión de los Agraviados o Malcontents (1827). De esta manera, a la oposición de los liberales al régimen se había sumado la de los realistas más exacerbados, los apostólicos, que fueron agrupándose en torno a la figura del hermano de Fernando VII, Carlos María Isidro

Así, a la muerte de Fernando VII en 1833 estalló el problema sucesorio. Felipe V había introducido la Ley Sálica, de origen francés, y que prohibía reinar a las mujeres. En previsión de que el embarazo de la reina fuera de una niña, en 1830 el rey había promulgado la Pragmática Sanción, que derogaba la Ley Sálica, que Carlos María no aceptó.

 

Dos días después de la muerte del rey, Carlos María Isidro se proclamó rey de España en el Manifiesto de Abrantes y a la reina regente, Maria Cristina no le quedó más remedio que buscar el apoyo de los liberales para garantizar los derechos sucesorios de su hija Isabel.

 

Carlos María Isidro, el Pretendiente.

Carlos María Isidro, el Pretendiente.

Estalla así la guerra civil, la Primera Guerra Carlista (1833-1840) entre carlistas y cristinos o isabelinos. La guerra es mucho más que una cuestión sucesoria, agrupándose en el carlismo a todos aquellos sectores que temen una sociedad de tipo liberal: parte de la nobleza, los miembros más reaccionarios de la administración y del ejército, el bajo clero (la jerarquía eclesiástica se mantuvo ambigua), pequeño campesinado y parte de los artesanos.

 

El ideario político carlista giraba en torno a unos cuantos puntos elementales: absolutismo monárquico, un catolicismo excluyente y un clericalismo exacerbado, idealización del medio rural y rechazo a la nueva sociedad urbana e industrial y la defensa de los fueros, cuestión que veremos más adelante.

 

En cuanto a la geografía política del carlismo, esta disponía de tres núcleos fundamentales: lo que en el lenguaje del carlismo se conocía como “Levante” y que correspondía al Maestrazgo; el interior de Cataluña en torno a la Seo de Urgell; y el “Norte”, o sea provincias vascas y Navarra. Todas ellas zonas donde tenía importancia el pequeño campesinado. Esto explicaría el fuerte apoyo que tenía el carlismo en zonas que no controlaba directamente, como Castilla La Vieja o Galicia y que no dominara ni un solo núcleo urbano de importancia.

Escenario de la Primera Guerra Carlista

Escenario de la Primera Guerra Carlista

De los tres conflictos armados que desencadenó el carlismo, los dos primeros tuvieron lugar en el reinado de Isabel II, siendo la primera guerra carlista mucho más dramática y la segunda guerra carlista o Guerra dels Matiners (1846-1849) circunscrita a partidas guerrilleras en la Cataluña rural.

 

Aunque la Primera Guerra Carlista fue sobre todo un conflicto interno, tuvo proyección exterior, con las potencias absolutistas (Austria, Prusia y Rusia) apoyando a los carlistas y Francia, Inglaterra y Portugal a los liberales (Tratado de la Cuádruple Alianza de 1834) y con generales de valía en los dos bandos, como Zumalacárregui  y Cabrera en el carlista y Espartero en el isabelino.

 

Afianzados los carlistas en los territorios nombrados, la estrategia del pretendiente Carlos V es tomar una ciudad importante –Bilbao- para obtener reconocimiento internacional, en contra de la opinión de Zumalacárregui, que es partidario de atacar cuanto antes Madrid. Zumalacárregui muere en el sitio de Bilbao en 1835, perdiendo a los carlistas a su mejor baza.

 

Tras este fracaso, los carlistas organizan expediciones, como la de Gómez, que llega a Gibraltar (muy efectista, pero sin resultados prácticos) o la llamada Expedición Real de 1837 que llegó hasta Madrid y que se retiró de sus puertas de manera inesperada.

 

Tras la retirada, las desavenencias entre los carlistas aumentaron y el agotamiento provocó la división entre los intransigentes y los moderados, encabezados por el general Maroto y partidarios de una rendición condicionada.

 

La guerra en el Norte terminó con el Convenio de Vergara (1839) (en el Maestrazgo en 1840) con el Abrazo de Vergara entre Maroto y Espartero, acuerdo por el que se reconocen los grados y empleos de la oficialidad carlista y el llevar a Cortes el tema del mantenimiento de los fueros.

 

Esta cuestión, la llamada cuestión foral, ha sido presentada como uno de los rasgos más definitorios del carlismo. Pero su importancia ha sido relativizada, puesto que había territorios con fuertes simpatías por el carlismo sin conciencia foral y esta conciencia no se canalizó exclusivamente a través del carlismo cuando existía.

El reinado de Isabel II. La oposición al liberalismo: carlismo y guerra civil. La cuestión foral.

Las consecuencias de la guerra carlista fueron importantes. Además de los elevados costes humanos y materiales, la aparición del carlismo inclinó a la monarquía a los liberales, que se hicieron los árbitros de la situación; dio un gran protagonismo político a los militares, que se convirtieron en los árbitros de la vida política como demuestra la práctica del pronunciamiento y los enormes gastos militares condicionaron actuaciones como la desamortización de Mendizábal.

 

Temas Historia de España 2º de Bachillerato

 

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Published by blogtodohistoriaymas - en Historia
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